¿Te da miedo volar?
¿Cómo reaccionarías si en el medio de un aterrizaje comienza a sonar un celular, a pesar que está prohibido porque puede interferir en la comunicación entre el avión y la torre de control?
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Una cara perfectamente delineada. Los huesos de la mandíbula marcaban los límites de su forma.
Todo en su rostro indicaba orden y control. Cada músculo facial sobresalía.
Parecía una escultura cincelada en un mármol frío.
Lo que la hacía diferente, y le daba una cuota de sensibilidad angelical,
era la profundidad del color de sus ojos. Un celeste intenso que imitaba al mar.
De niña, la exactitud y simetría de su rostro anticipaban lo que estudiaría.
Era una cara de las Ciencias Duras. Su mundo era blanco o negro. Poco espacio para la tolerancia.
Roque era lo opuesto. Cara redonda. Abierto, sensible y propenso al diálogo.
No era una persona de conflicto. Disfrutaba de cosas simples.
Con poco, era ser feliz. Resultaba el equilibrio perfecto para María Claudia.
Les gustaba viajar. Pero ella tenía un problema. Volar le causaba mucho temor. La paralizaba.
Sufría ataques de pánico tanto en el despegue como en el aterrizaje. No lo podía manejar.
María Claudia entraba en un estado de shock.
Comenzaba a moverse, se sacaba el cinturón de seguridad y se lo volvía a sujetar.
Era un movimiento mecánico que repetía hasta que se paraba y luego se sentaba. Una y otra vez.
Las azafatas, alertadas por los constantes movimientos de María Claudia,
se acercaban y amablemente le indicaban que se calme.
Ella pedía un vaso de whisky que nunca tomaba. Movía la cabeza, se reía nerviosa, casi a los gritos.
El resto de los pasajeros la miraban asombrados.
Después de un lapso de tiempo relativamente corto, volvía a la normalidad.
Roque, que siempre se encontraba a su lado, dormía o escuchaba música. No se inmutaba.
Había descubierto la pasión por la música clásica.
En mayo de 1992, Roque y María Claudia se encontraban de paseo en la ciudad de Chicago.
Luego de unos días debían continuar el viaje hacia Nueva York.
El avión partía a las 10.00 de la mañana para llegar a las 13.00 al aeropuerto de La Guardia, en Queens.
El vuelo fue puntual. María Claudia durmió un poco, algo raro en ella.
Después de más de dos horas de vuelo, el comandante anunció el inicio del descenso en Nueva York.
Una maniobra que culminaría 30 minutos después.
En medio de la explicación, el comandante pidió a los pasajeros que apaguen sus celulares y
cualquier sistema que pueda interferir en la comunicación de la nave con la torre de control en tierra.
El avión comenzó a inclinarse hacia la izquierda, buscando la ruta indicada,
cuando sonó el celular de un pasajero.
El comandante, nuevamente, pidió que apaguen el teléfono.
Era un vuelo de cabotaje, casi no había extranjeros entre los pasajeros.
María Claudia sintió un malestar en su cuerpo.
La piel de su cabeza se estiraba hacia arriba, produciéndole una sensación de tirantez
que se trasladó a la totalidad de su rostro.
Se puso nerviosa de una manera que nunca antes le había sucedido.
Mientras hacía un tremendo y agotador esfuerzo por calmarse,
nuevamente sonó el móvil del mismo pasajero.
Casi estalló del asiento.
El comandante insistió en que apaguen el celular y explicó detalladamente
como la señal del aparato interfería en la comunicación con la torre. María Claudia estaba al límite.
De repente, increíblemente una vez más, sonó el mismo teléfono. Fue demasiado. Cruzó la línea.
María Claudia se eyectó del asiento, casi destroza el cinturón de seguridad al levantarse.
El vaso de whisky, que no bebió y que nunca bebe, voló por el aire y cayó en medio del pasillo.
Todos los pasajeros se dieron vuelta.
Su rostro, su cuerpo y su actitud no aceptaban que nadie, ni nada, se interponga en su camino.
Avanzó decidida.
Una azafata intentó acercarse, pero no llegó a enfrentarla, se apartó; sintió temor.
Todos los huesos de la cara junto al resto del cuerpo acompañaban la inclinación decidida de su rostro.
María Claudia inspiraba miedo. Caminó por el pasillo del avión buscando al dueño del celular. Lo encontró.
Lo miró directo a los ojos. Lo congeló con la mirada.
El hombre se sintió incómodo y sorprendido. Nunca imaginó que una mujer le podía infundir tanto temor.
María Claudia, en un español fuerte y claro, que ninguno de los pasajeros entendió, le gritó –
¡Pelotudo, apaga el celular! ¿No entendés lo que te dicen? ¡Infeliz!—.
Lo liquidó.
Le habló con el lenguaje universal.
Nadie comprendió una sola palabra de lo que dijo, pero todos entendieron perfectamente el mensaje.
El tono de su voz, su mirada y el gesto corporal no dejaron ninguna duda.
Se dio media vuelta y regresó a su asiento. Roque la miró y sonrió.
Se abrochó el cinturón, comenzaba el descenso.
El celular no volvió a sonar.
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