¿Qué pasa cuando en una empresa,
donde casi todos son amigos,
alguien lleva un potente laxante?  
 

Tiempo de lectura: (3 minutos, 20 segundos)

 

 

       
          Los ámbitos laborales pueden ser muy divertidos, si se trabaja en una empresa, 
          donde buena parte de los que la integran son amigos.
          Nadie se atribuye la idea, pero en el año 1995, alguien llevó al trabajo Rapilax, 
          un conocido y potente laxante.
          No hizo falta nada más.
          El Rapilax había llegado al lugar indicado,
          tanto los dueños como los empleados fueron víctimas del poderoso medicamento.
 
         No hubo distinción. La situación escaló, nadie confiaba en nadie. 
         Fue tan desesperante que los integrantes de la empresa llegaron a la conclusión 
         que no podían seguir trabajando así porque, sencillamente, era imposible, 
         todo el mundo iba al baño permanentemente. Propusieron un cese de las acciones con el Rapilax. 
         Al finalizar ese año se realizó un cónclave donde, asado de por medio, 
         acordaron dejar de utilizar el laxante.
         Los únicos que quedaron fuera de este acuerdo, y que no participaron del encuentro, 
         fueron los vendedores que viajaban por distintas ciudades del país y nunca estaban en el día a día. 
         No se enteraban de nada. 
         A partir de ese momento, Caballo Loco se convirtió en un blanco fácil. 
 
         El Rapilax se volcaba en cualquier clase de bebida. 
         Surtía efecto cuando la persona, después de haber bebido el medicamento, comía algo sólido. 
         Los resultados eran devastadores.
         Caballo Loco atendía clientes en distintas zonas del país. 
         Ese mediodía de enero volvía de Santa Fe. 
         Debía dejar unos papeles en la oficina y continuaba viaje hacia Villa Gessell. 
         Comenzaba sus vacaciones. 
         En Rosario, lo esperaba Pablo, uno de los dueños de la empresa. Viajarían juntos hacia la ciudad balnearia. 
         Antorcha, el socio de Pablo, tenía un cerebro extraordinario para pensar cosas buenas,
         pero también para pensar cosas malas.
         Ambos sabían que debido al calor extremo que hacía ese día, 
         Caballo Loco llegaría sediento y lo primero que buscaría sería una Coca Cola fría. 
 
         Antorcha mandó a comprar varias latas de gaseosa. Separó una. 
         Con una aguja le hizo un sutil y preciso agujero a través del cual volcó una generosa cantidad de Rapilax. 
         Luego, Pablo, cuidadosamente, selló con pegamento transparente el pequeño corte realizado. 
         Quedó perfecto. Nadie se daría cuenta.
         Agitaron varias veces la lata de Coca para que tenga gas y se mezcle con el Rapilax.
         La pusieron a enfriar. La operación llevó un poco más de una hora. 
         Se quedaron dudando, después de unos minutos, volvieron a la heladera y 
         repitieron la misma acción con otra lata. 
         Querían estar seguros que todo salga según lo acordado. 
 
         Cuando Caballo Loco llegó a la oficina, agobiado por el calor. Pusieron el plan en marcha. 
         Pablo le ofreció una Coca. Antorcha, con gesto de preocupación, empezó a pedir información de los clientes.
         Lo abrumó de entrada, no lo dejó pensar. Ese era el objetivo.
         Mientras Caballo Loco hablaba y hablaba, se tomó toda la bebida intentando calmar la sed.
         Lo escucharon inmutables.
         Pablo le ofreció una Coca. Antorcha, con gesto de preocupación, empezó a pedir información de los clientes. 
          Lo abrumó de entrada, no lo dejó pensar. Ese era el objetivo. 
          Mientras Caballo Loco hablaba y hablaba, se tomó toda la bebida intentando calmar la sed. 
          Lo escucharon inmutables.
 
         Al culminar la reunión, Caballo Loco y Pablo partieron hacia Villa Gessell. 
         Durante el trayecto, Pablo llamaba a Antorcha y le comentaba las novedades. 
         No pasaba nada. 
         Llegaron a Villa Gessell para la cena. 
         Caballo Loco tenía hambre, no había comido nada. 
         Pablo, preocupado porque todavía no había señales de los efectos del Rapilax, 
         volcó una cantidad importante del laxante,  pero en esta oportunidad dentro de un vaso de vino blanco, 
          bien frío, que gustosamente Caballo Loco bebió mientras se sentaba a cenar.
 
          Ya relajado, probó el primer bocado de carne, lo acompañó con una porción abundante de ensalada. 
           Lo disfrutó. 
          Cuando quiso repetir la acción sintió una sensación extraña. 
          Un fuego que le atravesaba todo su cuerpo. Incontrolable. 
          Eran espasmos que le aparecían de repente, sin aviso. 
          Su cuerpo se movía en la silla. Los retorcijones duraban segundos, finalizaban y comenzaban nuevamente.
          No daban tregua. Las manos describían círculos imaginarios que nadie entendía. 
          Caballo Loco no encontraba explicación para su comportamiento. 
          No aguantó. Caballo Loco no llegó al baño. 
          El último espasmo fue incontrolable. 
          Su cuerpo no le respondió. 
          Sus esfínteres lo abandonaron a su suerte.
           El operativo Coca Cola resultó un éxito contundente.
 

 

 

 

 

¿Qué pasa cuando en una empresa,
donde casi todos son amigos,
alguien lleva un potente laxante?  
 

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