“Ubicate en el año 1985. Estás en una playa, en un pueblo de la Costa Brava, con un grupo de gente que conociste el día anterior. Y de repente, todos se desnudan y se tiran al mar. Y vos, ahí, sin entender qué hacer. ”
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Siempre fue complicado llegar a Cadaqués. Su ubicación la mantuvo aislada. Arribar al pueblo era una aventura, y aún lo sigue siendo, porque las curvas y contra curvas que atraviesan la montaña hasta llegar al mar, son interminables.
A principio de 1980, César junto a Marina montaron la primera pizzería de la villa. Algo impensado para César, que con sus 22 años había llegado a Madrid, desde su Buenos Aires natal, intentando cumplir el sueño de ser jugador de fútbol profesional.
Cadaqués generó y genera una atracción mágica, difícil de explicar. Quizás, su mayor exponente haya sido Salvador Dalí quien vivió gran parte de su vida junto a su esposa Gala en la casa de Port Ligat, hoy un museo muy visitado. Pero, además de Dalí, a partir de 1958, Marcel Duchamp, fijó en Cadaqués su casa de verano. También el pueblo atrajo a celebridades como Federico García Lorca, Eugenio D’Ors, Pablo Picasso, Richard Hamilton, solo por citar algunos de los tantos artistas e intelectuales que solían y suelen pasar el verano en la villa.
De Rosario directo a Barcelona. Ese fue el trayecto que hizo el Enano, en 1984. Allí se instaló, hasta que escuchó hablar de Cadaqués, un pueblo con una mística increíble, relativamente cerca.
Lo conoció. Se enamoró y se quedó. Como solía hacer, a media mañana, el Enano se dirigió a los bares de la playa central, para disfrutar del tibio sol de primavera que ya empezaba a cobrar fuerza. Allí, los residentes de Cadaqués se juntaban. Era una manera efectiva de socializar con los lugareños.
Luego de varios minutos de una agradable conversación, el Enano dejó de hablar, y fijó la atención en una camiseta de Boca que venía corriendo. No miraba a la persona, observaba la casaca. Sorprendido, se paró y esperó que se acerque.
Durante las mañanas, César salía a correr por la costa, un hábito que le quedó de su época de jugador de futbol, aunque ese día no pudo continuar corriendo, porque lo frenó el Enano, hincha fanático de Central.
Ese fue el inicio de una amistad duradera y la Pizzería de Julio pasó a ser el centro de encuentros y reuniones cotidiano. Allí, en agosto de 1985, el Enano recibió la visita de Gerardo, un amigo que vivía en Barcelona, quien había llegado junto a Stani, un rosarino que estaba de paso hacia Milán. Stani, a pesar de ser una persona conservadora y muy estructurada, quedó subyugado con el pueblo. Fue tan fuerte la atracción, que al regresar de Milán no viajó a Barcelona, fue directo a pasar unos días a Cadaqués. La única referencia que tenía era el Enano, a quien había conocido hacía muy poco días.
Se reunían en la pizzería y allí planeaban lo que harían al día siguiente. Habitualmente, asistían a las playas que rodean la villa, pero esa tarde cambiaron de lugar y fueron a conocer una cala más alejada. Stani, previsor y disciplinado, se había puesto el short de baño porque irían a un lugar sin servicio de playa.
Le llamó la atención que tanto el Enano, como el resto de los integrantes del grupo, continuaban vestidos de manera normal, pero no dijo nada. Cuando llegaron a la orilla del mar, todos comenzaron a sacarse la ropa hasta terminar completamente desnudos, y Stani, que jamás había pasado por una situación de esa naturaleza, quedó sorprendido sin saber qué hacer, con una fuerte sensación de pudor y vergüenza.
Estaba desconcertado.
¿Qué me hacés chiquito?, —es lo único que pudo decir ¿Cómo se van a poner todos en bolas?
Dejate de joder Stani, le gritó el Enano desde el agua.
Stani no tenía opción. Si quería seguir allí debía quitarse la ropa. Mientras dudaba y pensaba, notó que al observar a sus nuevas amigas desnudas, su cuerpo estaba respondiendo con una incipiente erección que no solo no controlaba, sino que crecía a medida que avanzaban sus nervios. La transpiración, producida por la situación que estaba viviendo, le nublaba la vista.
Cada vez más nervioso, le resultaba imposible disimular la reacción de su cuerpo. Fue un acto reflejo, se sacó la ropa y se zambulló en el mar. El impacto con el agua lo calmó un poco, aunque seguía sin entender lo que sucedía.
¿Dónde me trajiste?, le gritaba al Enano.
Stani no supo cuánto tiempo permaneció en el agua, pero fue el último en salir. Esperó hasta que todos se cambien, recién en ese momento se alejó del mar. Muy rápido, tropezándose.
Con movimientos torpes, de espalda y lleno de verguenza, se cambió, mientras continuaba gritando enojado
—¿Dónde me trajiste? —chiquito—…
—¿Dónde me trajiste? —
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