¿Qué harías, si un Fiat 600, que no es tuyo,
se queda sin nafta, atravesado en la mitad de la subida de un puente,
impidiendo la salida de una multitud de personas
al finalizar un encuentro de fútbol entre Central y San Lorenzo;
y si, además, te dejan a vos cuidando el auto?
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El domingo después del almuerzo, el Dani, Enriquito y el Enano se juntaron
en la esquina de Saavedra y la cortada, como lo hacían siempre.
El calor era insoportable, decidieron ir para La Florida en el Fiat 600 del Enano.
Después de cruzar buena parte de la ciudad, tomaron el Bulevar Avellaneda en dirección al norte,
buscando la costa.
Al llegar al estadio de Rosario Central, el Enano, que al igual que Enriquito
era simpatizante de ese club; avanzó unos metros y estacionó.
-Entremos. Juega Central con San Lorenzo— dijeron
-Pero yo soy de Newels— dijo el Dani.
-¿Y? Vamos que la vas a pasar bárbaro— insistió el Enano.
El estadio estaba repleto. Se vivía una fiesta. Llegaron los goles.
El Dani gritaba y festejaba con sus amigos.
Salieron unos minutos antes de que finalice el encuentro.
Querían evitar la aglomeración de la gente.
Avanzaron en dirección al Sur, hacia el Viaducto Avellaneda.
Cuando subían el puente, el Fiat 600 se quedó sin nafta.
Al perder fuerza de avance, la gravedad lo volvía hacia abajo.
El Enano, en una maniobra atrevida, cruzó el auto en la mitad del puente.
De esa manera estabilizó el Fiat, pero anuló casi por completo el tránsito vehicular.
Ninguno se sorprendió, no era la primera vez que se quedaban sin nafta.
Estaban acostumbrados a que el Enano se suba al auto y arranque. No se ocupaba de los detalles.
Enriquito miró al Enano.
Quiso decirle algo, pero no pudo. Comenzó a reírse. Una risa constante y aguda.
El Dani, también lo miró al Enano, preocupado.
No podía moverse porque el vehículo era muy pequeño y él muy grande.
-Voy con Enriquito a buscar nafta. Vos quedate a cuidar el auto— le indicó el Enano.
-Bueno. Pero no tarden— respondió, el Dani.
El calor no daba tregua. El Enano y Enriquito ya se encontraban fuera de la visión del Dani.
Al mirar hacia el Norte, lo que comenzaba a ocupar el plano principal, era la inmensa masa de gente,
autos y colectivos que avanzaban lentamente hacia la dirección donde él se encontraba.
Quería salir de allí, pero no podía. Estaba solo.
Sentía un cosquilleo producido por las gotas de sudor que recorrían su cuerpo.
Se puso unos anteojos de sol, para ocultar el miedo. Así se sentía más protegido.
La masa avanzaba.
La imagen de esa marea humana era imponente, estremecedora, los gritos también.
El avance era lento, pero contínuo. El Dani sudaba.
Llegaron a la YPF. Habían caminado 700 metros, agobiados por el calor.
-¿Y si nos tomamos un helado? – preguntó el Enano.
– Dale.— asintió Enriquito.
Ingresaron. El aire acondicionado los alivió. Se sentaron.
-Qué lástima que el Dani se quedó en la subida— dijo el Enano.
-Sí. Una pena.— expresó Enriquito con la boca llena de helado, sin dar descanso a su mandíbula.
Las motos, con esfuerzo, lograban pasar.
El problema se presentó cuando los autos se atascaron. Muchos distraídos no pudieron frenar a tiempo.
Comenzaron los choques en cadena. La situación se tornó dramática.
Los conductores que chocaron empezaron a correr en dirección al Dani.
Querían volcar toda la furia en su cuerpo.
Las sirenas lo salvaron y evitaron que un grupo de hinchas enardecidos empujen el Fiat hacia el vacío,
desde el puente.
Estaba todo fuera de control.
La policía ordenó la situación. Con una rápida intervención lograron acomodar el automóvil
de manera que quede libre una vía de circulación para que se libere el tránsito.
-¿Qué te pasó? – le preguntaron el Enano y Enriquito, al regresar de comprar nafta.
El Dani se encontraba sentado en la vereda del puente, al lado del Fiat, cabizbajo,
con la ropa sucia y rota, producto de las agresiones que recibió.
Presentaba una imagen desoladora, triste. Su rostro mostraba el susto que vivió. Desencajado.
-No sabés lo rico que estaba el helado – le dijo Enriquito.
-Che, ahora vamos a la Santa María a comer pizza – comentó el Enano, mientras volcaba la nafta.
El Dani se acomodó en el Fiat. Arrancaron.
El viento le daba de lleno en la cara, lo quería disfrutar.
-No sabés lo bueno que estaba el helado— insistía Enriquito.
No contestó. Cerró los ojos y pensó en pegarle una cachetada,
con la mano abierta para no hacerle daño, lo quería.
Abrió los ojos y siguió disfrutando del viento que le golpeaba en el rostro.
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Etiquetado anecdota, gente común, historias íntimas, rapilax