“Para hacerle pagar el derecho de piso, en su primer día de trabajo, lo mandaron a pedirle el documento a una persona que estaba muerta. Buena manera de empezar”.
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Gustavo deseaba ingresar a trabajar en la Aduana. Se abría una oportunidad y la quería tomar. Nunca ejercería como veterinario. Lo que nadie entendía, ni sus padres, ni sus amigos y seguramente, ni él, es por qué estudió la carrera de Veterinaria.
Sin comentar nada en su casa, una mañana se dirigió hasta la sede de la Aduana y llenó los papeles correspondientes con sus datos. En marzo se lanzaba una convocatoria nacional donde se buscaban profesionales para la Oficina de Análisis Técnico. Figuraba entre los candidatos. El día de la entrevista le confirmaron que había sido seleccionado. En una semana comenzaba a trabajar. Durante el primer mes recibiría la instrucción y luego le asignarían su lugar de trabajo.
Gustavo era pura voluntad y entusiasmo. Los superiores notaron su empuje.
-Vamos a mandarlo a la parrilla. Así se foguea un poco. Es bueno, pero le falta—, precisó el Jefe de la Sección.
Lo destinaron al puesto fronterizo de Clorinda, Formosa. A solo 4 kilómetros de Paraguay, frente a la ciudad de Asunción. Era un lugar que todos evitaban. El movimiento comercial era constante y el calor agobiante. En verano el termómetro indicaba más de 49 grados. Un infierno. Pero él, llegó contento. Acomodó sus cosas y fue a conocer su lugar de trabajo. Lo recibió Carlos Bacigalupo, responsable del área operativa y juntos se dirigieron a la oficina del gerente, Martín Salvia. Le dieron turnos rotativos para que conozca el movimiento de la frontera.
Cuando Gustavo fue a su escritorio, Salvia le dijo en voz baja a Bacigalupo – tirale los muertos así se aviva un poco-
La primera semana fue tranquila. Las cosas complicadas aparecían al filo del cierre de la frontera, cuando todo se relajaba, luego de un largo día de trabajo. Y así fue. El Peugeot 504 disminuyó la marcha. En el interior del vehículo se encontraban cinco pasajeros. Dos adelante y tres atrás. El conductor presentó los papeles. Gustavo los leyó y le pidió que abra el baúl. Cuando se dirigía hacia la parte posterior del vehículo le llamó la atención la rigidez del rostro de una de las personas ubicada en el asiento trasero. Su intuición le decía que algo no andaba bien. Los dos sujetos sentados en los extremos parecían normales, aunque muy nerviosos, pero el del medio, estaba rígido. Era una persona mayor, vestida de traje, con un sombrero y un cigarrillo en la boca, apagado. Tenía los ojos abiertos, pero no pestañeaba. Sin expresión. A pesar del calor, no mostraba signos de transpiración. Gustavo se agachó y acercó su cara a la puerta para observar mejor. Los acompañantes se miraban entre sí. Sudaban mucho y evitaban cruzar la mirada con él. Se dirigió al abuelo y le hizo una pregunta. No recibió respuesta. Ni siquiera lo miró.
Algo pasa – pensó Gustavo—. Actuó. Ordenó bajar a las dos personas que estaban en los extremos. El abuelo seguía inmóvil con el cigarrillo apagado en la boca y el cinturón de seguridad colocado. Lo pone en aviso a Bacigalupo. La indicación que recibe, por parte de su superior, es que se suba al auto, y ayude a bajar al abuelo para cerciorarse que esté todo en orden. Bacigalupo sabía muy bien lo que pasaba. Era común que intenten ingresar el cadáver de algún familiar por la frontera, haciéndolo ver como si estuviese vivo. De esa manera, evitaban completar los engorrosos formularios y pagar los elevados impuestos que requiere el trámite.
Gustavo subió al auto y con mucha delicadeza, ayudó a bajar al abuelo. Pero, cuando lo quiso poner de pie, se le fue al piso. El ruido seco que generó el impacto del cuerpo contra el cemento se sintió de lejos. Fue estremecedor. De inmediato, Bacigalupo se acercó y apercibió en forma exagerada a Gustavo delante de todos. Se sintió humillado. Tomó al abuelo de la cintura para levantarlo. Desde atrás, le hablaba pidiéndole disculpas.
Estuvo varios minutos intentando entablar una comunicación. Tardó en darse cuenta que el abuelo estaba muerto. Las risas de Bacigalupo y el resto de los compañeros, que presenciaban la situación, todavía resuenan en su oído. El abuelo, fallecido, tuvo que regresar a Paraguay.
Clorinda no es para cualquiera.