¿Cómo reaccionarías si en tu despedida de soltero, íntima, 
aparece un personaje que nadie invitó y que es alguien impredecible,
capaz de traspasar cualquier límite? 
 

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          Ritom y Soplete salieron de la facultad con hambre.     
          Caminaron hasta el bar de la esquina. 
          Pidieron una taza de café con leche cada uno y compartieron un “Carlitos”.
          -No quiero comer mucho porque esta noche tengo la despedida del Turi – explicó Ritom.
          -¿De quién? – preguntó Soplete.
          -Del Turi, mi primo. Vos, no lo conocés— respondió Ritom.
          -¿Dónde?- continuó curioso Soplete
          -En el Nono Pepe. En la esquina de mi casa — especificó.
          En ese momento el mozo trajo el “Carlitos”. Soplete se lo llevó entero a la boca.
          -¿A qué hora?— preguntó
          – A las 21.00— contestó Ritom.
          -Bueno. Yo voy— afirmó Soplete, concentrado en otro pedazo de sándwich más grande.
          -Pero, si no conocés a nadie— le dijo Ritom.
          -No importa— expresó Soplete, sin inmutarse.
 
         A un amigo de ellos le habían traído de Miami una careta escalofriante. 
         Era un rostro ensangrentado y ridículamente espantoso.
         Soplete se levantó y se dirigió hacia el teléfono público. 
         Llamó al amigo y le pidió prestada la máscara. Volvió con Ritom.
         -Te veo a las 21.00— le dijo y se despidieron.
 
         La mesa ocupaba todo el lateral del bodegón, preparada para los 10 familiares. 
         A último momento, Ritom agregó una silla.
         Llegaron puntuales. La noche se presentó helada y el Nono Pepe se llenó enseguida.
         Cacho se acercó a tomar el pedido.
         _¡Madre mía!— alguien gritó fuerte. 
         Detrás de esa exclamación se sintió el ruido de varios cubiertos, caer al piso y rebotar.
         Ritom se dio vuelta, al igual que todos los presentes, para ver qué ocurría. Se agarró la cabeza.
         -¡No! Qué animal— dijo Ritom, riéndose.
         En esa noche tan fría y desolada, el ingreso de Soplete a la parrillita, 
         cubierto con la máscara de Halowen, fue un shock.
          -Buenas noches, — saludaba Soplete, ante cada una de las mesas.
          -¿Qué hacé dolape?— le dijo a Don Emilio, el padre de Ritom, y le dio un beso, con la careta puesta.
          Saludó a Turi y se sentó a su lado. Se sacó la máscara.
          Cacho lo miraba con recelo.
          -No te pongas así, Cachito. No pasa nada. Soy amigo de la casa— le dijo Soplete.
          Pero Cacho seguía con dudas.
 
          Ritom lo presentó como su amigo.  Soplete se integró a la charla, sin ningún problema.
          La noche transcurría amena y divertida. Los primos comentaban anécdotas sobre Turi. 
          Cada uno de esos relatos estaban cargados de nostalgia y cariño.
          Con el paso de las horas, el Nono Pepe se fue vaciando. 
          Cacho y algunos mozos se integraron a la mesa para escuchar las anécdotas.
          Pero, como era lógico, el lugar debía cerrar. 
          Los tíos anunciaron que se iban a su casa, pero los primos querían continuar con la despedida.
          El Turi no estaba convencido. Algo lo preocupaba. Soplete se dio cuenta.
           A pesar de que era la primera vez que lo veía, entró en sintonía con él rápidamente.
 
         -¿Qué te pasa Turi?— le preguntó.
          -No quiero que me hagan ninguna joda pesada. 
          Tengo miedo que me tiren huevos o algo— expresó Turi, visiblemente preocupado.
          -No pasa nada— le dijo Soplete.
          -Salimos juntos. Vos quedate pegado a mí. — le explicó.
          -¿Seguro? – preguntó Turi.
          -Re contra seguro— respondió Soplete, con cara de póker.
           Fueron los últimos en salir. Turi lo miró a Soplete.
          -No pasa nada— le volvió a decir.
          Se pararon de frente a toda la familia.
          Turi se sentía seguro.
          Soplete lo tenía abrazado fuerte. Ese movimiento lo logró relajar.
 
          Todos conversaban alegres. Se acercaban a Turi, le hacían bromas.
          Mientras disfrutaban de ese momento, Soplete, sin desviar su mirada y sin dejar de abrazar a Turi, 
          utilizó su brazo izquierdo para bajar el cierre de su pantalón.
          El movimiento fue sutil, imperceptible. Nadie lo detectó. Mucho menos Turi. 
          En los segundos siguientes, 
          Soplete comenzó a vaciar el contenido de su vejiga en la pierna izquierda de Turi.
          -¿Viste? No pasa nada— te lo dije, le repetía serio Soplete, 
          mientras el ácido caliente del orín viajaba a toda velocidad por el pantalón de Turi.
          La combinación de una noche helada y el grosor del jean, 
          impidieron que Turi se dé cuenta de lo que estaba sucediendo.
          Al final de la descarga, recién en ese instante, Turi sintió la humedad caliente en su pantalón. 
          No pudo decir nada. El primer huevazo le dio de lleno en la cabeza.
          No hubo piedad.
 
         -Qué nochecita— le dijo Soplete a Ritom.
         -Estuvo lindo— saludó y se fue caminando con la máscara en la mano.