Manejaron 1700 km. Solo detuvieron la marcha para cazar martinetas en la ruta, que cocinaron cuando llegaron. Jugaron al truco y se tomaron dos cajas de vino. Luego, los tres amigos, terminaron de comer y se fueron a bailar. ¿Qué tal? ¿Vos tenés o tuviste ese aguante?
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         Promediaba el mes de junio de 1990, Jorge los esperaba en el bar. Primero llegó Martín. Erwing entró poco después. Ingresaba apurado, sin tiempo, y con las cejas fruncidas. Sus cejas simulaban un periscopio que buscaba el objetivo.
 
        Ese comportamiento lo repetía en el inicio de cada acción nueva. No las dominaba. Tenían autonomía. Eran agresivas.
 
        Jorge explicaba que las cejas de Erwing funcionaban solas, independiente de su cuerpo. Causaban temor.
 
        Dejen de decir boludeces— les pidió Erwing, ya con las cejas en posición normal. Comentó que debían ir a San Martín de los Andes a controlar la construcción del hotel que la familia estaba llevando adelante.     
 
        —¿Vamos?— sugirió.
 
        —Yo voy— expresó Jorge.
 
        Acordaron la partida para la semana entrante. El Renault 18 blanco iba cargado al máximo. En el baúl, además de los bolsos, metieron dos escopetas que utilizaban cuando salían a cazar. Por las dudas, Martín agregó un revolver calibre 22.
 
        Erwing pensó que se podrían cruzar con algunas martinetas en los campos lindantes al camino.
 
        Después de más de ocho horas de viaje llegaron a Chacharramendi, en el corazón de La Pampa. Cargaron nafta y salieron a la ruta. Manejaba Jorge.
 
        -Pará, frená— —gritó desesperado Erwing. Se veían las martinetas correr por el campo. Abrieron el baúl, cargaron las escopetas. A Jorge le dieron el revólver, le explicaron cómo se utilizaba.
 
        Erwin y Martín comenzaron a disparar. No daban en el blanco.  quedate atrás nuestro— le decían a Jorge.
 
        -Pero, yo quiero tirar— se quejaba Jorge.
 
        -¡Y, tirá!— contestó Martín.
 
        Jorge levantó el revólver, se afirmó, apuntó y disparó. Le dio a una martineta. Erwing y Martín se miraron incrédulos. —Suerte de principiante— dijo Erwing, medio enojado.
 
        Cazaron seis martinetas. Erwing las quería preparar para la cena, al llegar a San Martín de los Andes. Pero antes, tenían que encontrar alojamiento porque en el hotel solo había un departamento habilitado donde vivía Aldo, el socio de ellos. Llegaron cuando caía la tarde. Los esperaba Aldo que dormía en una habitación. El otro cuarto lo ocupaban los hermanos Solórzano, unos ceramistas que venían de Chaco.
 
        Los Solórzano no conocían a Erwing y tampoco a Martín, pero sabían que eran los dueños del hotel. Lo que habían escuchado de ellos, era el impresionante recorrido que llevaban en la práctica de las artes marciales. Sabían que eran bravos.
 
        -Listo. Bajen las cosas. Tiramos las bolsas de dormir en el piso— indicó Erwing, mientras comenzaba a desollar las martinetas.
 
        -Que vayan los Solórzano, a comprar vino, ordenó Erwing, sin perder tiempo. Su celeridad en el preparado de la cena se chocaba con su rusticidad. Era torpe y ruidoso.
 
        Con movimientos rápidos y certeros, utilizaba la cuchilla y demás utensilios, que hacían imposible que alguien pueda caminar en esa zona de la cocina.
 
        Los Solórzano regresaron con dos botellas de vino tinto. No habló Erwing, hablaron las cejas. Los chaqueños sufrieron la mirada, pero no entendían qué habían hecho mal   
 
        -¿Dos botellas de vino?, dijo Erwing. —¿Qué hacemos con eso? ¡Trae una o dos cajas de tinto!— le ordenó Erwing —y un par de sodas— alcanzó a gritar Martín.
 
        Se hizo cargo el menor de los Solórzano.
 
         El mayor quería integrarse al grupo, aunque era tímido. Era un jugador profesional de truco.  ¿Y si jugamos al truco, mientras se cocinan las martinetas?— preguntó.
 
        Dale, dijeron todos. Las parejas quedaron formadas por Martín y Jorge de un lado, y del otro, Erwing y el mayor de los Solórzano.  Martín, Jorge y Erwing tomaban vino, despacio pero en forma continua. Sus movimientos eran brutales. Exagerados. El único que no estaba alcoholizado era Solórzano. Le tenía miedo a Erwing.
 
        Erwing gritó falta envido, pero contó mal. Entre el alcohol, el cansancio y la mala visión, leyó mal los números.
 
        -Uy, me equivoqué-decía Erwing. Solórzano, su compañero, sufría. Él jugaba en serio, quería ganar.
 
        -¡Falta envido! – nuevamente gritó Erwing.
 
        -¿Compañero, está seguro? Le preguntó tímidamente Solórzano. ¡-Por supuesto!— contestó Erwing.
 
        Siempre leyó mal las jugadas.
 
        Martín y Jorge ganaron cómodamente.
 
        Al finalizar el juego cenaron. Cuando tomaron la última botella de vino, Erwing, Martín y Jorge se fueron a cambiar porque iban a bailar.
 
        -¿A bailar? ¿No están cansados? – preguntó con timidez Solórzano.
 
        No, le respondieron, casi gritándole.
 
        El mayor de los Solórzano, cuando entró a su habitación, trabó con una silla el picaporte de la puerta, y se aseguró que quede bien firme.
 
        Sentía que las cejas de Erwing continuaban vigilándolo  
 
         Esa noche no durmió.
 
 

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