¿Alguna vez viajaste en un colectivo urbano con una persona sentada en tu falda, como si fuese algo normal, y, además, entender que los colectivos no paran, solo disminuyen la velicidad para que desciendas?
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Los rasgos occidentales de Sergio y Andrés, dos rosarinos que terminaron en El Cairo,
sin saber que irían allí, no pasaban desapercibidos en las calles de esa ciudad.
Mucho menos Judith, una joven australiana, de un aspecto sajón muy marcado, que viajaba con ellos.
Las recomendaciones fueron simples.
Al llegar, en un vuelo procedente de la isla de Rodas, debían alojarse en la zona de las embajadas
destinadas para los turistas occidentales y comenzar el día a las seis de la mañana.
Así lo hicieron.
Salieron a caminar al caer la tarde, luego que se registraron en el hotel;
pero al alejarse de los puntos de referencia, tanto Sergio como Andrés
fueron abordados por distintos sujetos que les ofrecieron camellos a cambio de Judith.
-No, thank you— Andrés les respondía en inglés.
-No, tomátela—, le— decía Sergio en español, sin dejar de caminar.
La situación no llegó a ser incómoda, pero estuvo cerca.
Las diferencias se hicieron sentir desde el primer día.
A la mañana siguiente, sonó el despertador a las cinco y media.
El plan era trasladarse hasta el desierto del Sahara y conocer las pirámides. No se encontraban lejos.
-¿En qué vamos?—, preguntó Sergio.
Andrés sugirió ir en un colectivo de línea.
Resultaba una manera interesante de conocer los usos y costumbres locales.
En el hotel les indicaron donde debían tomar el autobús y les dieron las explicaciones
para que lo hagan sin problemas.
Pero no les comentaron sobre algunas costumbres que tienen los pasajeros del transporte público.
No tuvieron que esperar demasiado el arribo del autobús.
Subieron los tres, y al ser tan temprano consiguieron acomodarse en el asiento trasero.
Avanzaban y cada vez ascendían más pasajeros.
-Andrés me parece a mí o no frenan para que la gente baje, — preguntó Sergio.
-La verdad que no me doy cuenta— respondió Andrés.
Los dos se quedaron pensando.
El colectivo se llenó por completo y cuatro mujeres, caminaron directo hacia ellos, decididas,
con la cabeza gacha. –
¿Vienen para acá?—, se sorprendió Sergio.
La primera mujer llegó, frenó, se dio vuelta y se sentó sobre la falda de Andrés,
la segunda sobre la falda de Judith y la tercera sobre la falda de Sergio.
Sonreían, como saludando y agradeciendo.
A pesar del asombro, no había nada por hacer, ni nada para decir.
La situación continuó sin modificaciones hasta que llegó el momento de descender.
Caminaron hacia la puerta, pero el vehículo no paró, solo disminuyó la velocidad.
Tuvieron que dar un pequeño salto.
-¿Cómo es que no frena? No lo entiendo, — dijo Sergio, luego de impulsarse hacia la vereda.
Judith dudaba hasta que Andrés la ayudó. Los tres quedaron parados en la esquina,
extrañados por la situación, pero rápidamente una sensación de asfixia los invadió.
La fuerza de un sol implacable, los abrazó y los castigó.
Ahora, entendían por qué el día comenzaba tan temprano.
A las seis de la mañana, el sol ya golpea, molesta la visión, y el calor estremece.
Durante esos segundos que tardaron en amoldarse, fueron sacudidos con un sonido que parecía lejano,
hasta que se fue haciendo cada vez más intenso, más cercano.
Sobre la avenida principal, que corre paralela al río Nilo,
aparecían vehículos abandonados en el medio de la calle.
Sin conductor, sin pasajeros. Caminaban y la escena se repetía.
Los bocinazos aumentaban por el desorden que causaban esos autos impidiendo el tránsito.
Nadie se quejaba.
Con el avance de las calles, la avenida volvía a la normalidad y se parecía a una gran arteria,
similar a las existentes en cualquier metrópoli.
Antes de continuar en dirección al desierto, entraron a un local a comprar agua.
Allí preguntaron el motivo por el cual quedan abandonados los autos en la calle y
la respuesta que obtuvieron fue muy simple.
Los coches son viejos y dejan de andar por cualquier motivo, entonces la gente se baja y sigue a pie.
-—Pero, ¿y qué pasa con los vehículos?—, preguntó Andrés.
En algún momento alguien los busca, explicó de manera muy tranquila el encargado del local y
aseguró que para ellos no era un problema. Por eso nadie se enojaba.
-Qué difícil, – insistía Sergio.
No hacía un día que habían llegado y encontraron demasiadas costumbres
muy distintas a las que ellos estaban habituados.
Fue el comentario que hicieron durante el breve trayecto que les quedaba hasta llegar a las pirámides.
Allí lo primero que vieron, en la inmensidad del interminable desierto, fueron a varios jóvenes
que oficiaban de guías para los turistas.
Llevaban como vestimenta una camiseta de la selección argentina o una remera lisa,
todas con el nombre Maradohona, (con h en el medio) algunas pintadas a mano, otras estampadas.
Así arrancaron las primeras 24 horas en El Cairo.