El Loco Miguel era muy mentiroso, de chico, de adulto y de anciano. 
Sin maldad, pero no tenía límites. 
Seguro que no conociste alguien tan mentiroso.
 
Tiempo de lectura: cuatro minutos
 
 
          El vuelo  de regreso a Ezeiza salía a las 16.00 desde Fiumicino y 
          llegaba a las 7.00 de la mañana a la Argentina. 
          Miguel volvía de visitar a su sobrino que habitaba en Orvieto.
          Aún continuaba embriagado por las emociones que había vivido en París. 
          Un sueño del que no quería despertar.
          Deseaba seguir recordando cada segundo de esa noche mágica que pasó en El Café de La Flor. 
          Su vida ya no era la misma.

          Entró al avión y se acomodó en su asiento. 
          Intentaba conectar su mente con las callecitas de Saint Germain des Prés.
          Miguel llegó a Roma en el inicio del verano. 
          Lo esperaba en el aeropuerto su sobrino Dante para llevarlo a Orvieto. 
          Era la primera vez que tomaba un avión y viajaba a otro país.
          Dante distribuía, por distintas ciudades de Europa, repuestos de la fábrica 
          de automóviles deportivos Ferrari. 
          El circuito que realizaba le tomaba 20 días.
          Dante le propuso a su tío que lo acompañe, así conocía lugares, 
           pueblitos y caminos que de otra manera le resultaría imposible hacerlo.                                                       
          Durante la primera semana recorrieron Roma y sus alrededores. El trayecto a París les llevó 19 días. 
          Pasaron por Florencia, Milán, Ginebra y Lyon hasta arribar a la ciudad luz.
          Llegaron al atardecer a París. 
          Se alojaron en un pequeño hotel. Comenzaba a caer la noche.

          Dante todavía tenía que terminar de hacer unos papeles y 
          le dijo al Loco que vaya al Café de la Flor y lo espere allí. 
          Le dio las indicaciones para llegar.
          El Loco Miguel supone que caminó cinco cuadras. 
          No lo podía saber con certeza porque las calles eran angostas y sinuosas.
          Al llegar pidió un café. Eligió una mesa sobre la ventana. Pasaba el tiempo y Dante no aparecía. 
          El mozo le trajo la cuenta. Le recorrió un sudor frío por la frente. Cuarenta y cinco euros un café. 
          Un robo—— se dijo para sí mismo—.   
            Todavía le quedaba un poquito en la taza.  
            El camarero quiso retirar el pocillo y el Loco le agarró el brazo —ni se te ocurra— le gritó. 
           -Pará- respondió el mozo, en español. Era un mendocino que vivía en París hacía diez años.

          El Loco se calmó y le recriminó el precio. 
          El muchacho le explicó que los 45 euros incluían un menú, derecho al espectáculo y bebida libre.  
          Esa noche cantaba Liza Minelli.
          Lo llamó a Dante desde su celular y le pidió que se apure. Cenaron y bebieron en cantidad.
          Mientras brindaba con su sobrino, escuchó la voz de Liza Minelli. 
          Cerró los ojos y se dejó llevar por la imaginación. 
          Le impactaron sus piernas y su elegancia.
          El tiempo se detuvo. 
          Cambiaron los acordes y el Loco se levantó de la silla con un movimiento rápido y 
          avanzó determinado hacia adelante. 
          Sonaba “El Choclo”.  Liza Minelli lo encontró con sus ojos. Quedó eclipsada con su mirada. 
          El Loco, envalentonado por el alcohol, tomó un micrófono y le guiñó un ojo.
          Comenzaron a cantar el famoso tango. Ella una estrofa en francés, él una estrofa en castellano. 
          Así estuvieron los dos haciendo un repertorio maravilloso. Los aplaudieron de pie. 
          Una noche extraordinaria que nunca terminó. Los dos se fueron caminando tomados de la mano. 
          Vieron el amanecer de París a orillas del Sena. 
          El Loco nunca avanzó con el relato. Solo cuenta hasta que los dos llegan al Sena. 
          Y siempre se le llenan los ojos de lágrimas.  
          -Que mina bárbara la flaca- repite una y otra vez. 
          Los amigos le preguntan, pero él contesta, en tono enigmático, – los caballeros no hablan—. 
          Deja lugar para que los demás imaginen. No confirma, ni niega nada.
          Solo se emociona cada vez que recuerda esa noche con Liza Minelli en El Café de la Flor.
          Todo esto nunca sucedió. No existió un sobrino, no existió un viaje y menos el encuentro con Liza Minelli. 
          Lo real es que esta hermosa mentira el Loco Miguel, ya entrado en años, 
          la contaba convencido a quien lo escuchara
 
 

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