“Esta historia nadie me la contó, la conocí de primera mano porque el protagonista es un cliente que me contrató para que lo ayude en un proyecto muy ambicioso”
 
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La cabeza de Omar era distinta, allí adentro sucedían cosas diferentes a las que pasaban en el común de las cabezas. Sus ideas eran tan espectaculares, creativas y cautivadoras que terminaban obnubilando a cada oyente que encontraba dispuesto a escucharlo. Omar estaba un paso delante, pero la mayoría de las veces, la distancia con la realidad era abismal y muchos de sus proyectos se caían, aunque algunos prosperaban. Concretar sus ideas requería un desembolso de dinero que  no disponía, pero eso nunca fue un problema para él. Hasta el último segundo, siempre insistía.
            Omar era un enamorado de Miami. Buscaba vivir en Rosario, como si estuviese en esa ciudad, como si el río marrón fuese el mar esmeralda del Atlántico,  cómo si las palmeras del boulevard Oroño fuesen las palmeras de la Collins y La Florida, una de las playas de South Beach. Interpretaba un personaje, se lo creía y lo vivía de esa manera, sin ningún tipo de duda.
            En sus recorridas habituales por Rosario, encontró una casa que estaba a la venta. Sintió que ese era un buen lugar para hacer algo, pero no tenía en claro qué, hasta que en un viaje a Miami, mirando los suntuosa arquitectura de esa ciudad, se dijo a sí mismo, que en el terreno que había visto desarrollaría el edificio más lujoso y de mayor calidad que se había construido hasta el momento en Rosario. Construiría una torre de viviendas de alta gama, muy sofisticada que desbordaría glamour. Pensaba en un proyecto ambicioso que rompía con todo lo conocido hasta ese momento. Insistió tanto con esa idea que la terminó creyendo. Volvió a Rosario y le fue dando forma. Existía un solo problema. Omar no tenía el dinero para realizar una propuesta de esa envergadura, no tenía estructura. No tenía nada. Ni siquiera las relaciones, porque él provenía de una familia humilde y su círculo social, a pesar de ser bueno, no llegaba a ese tipo de vínculos que se requieren para realizar un proyecto de esa magnitud.
            A cualquier persona normal, esta realidad lo habría desanimado o deprimido. Pero, Omar no era cualquier persona, era un visionario, un soñador, o un delirante que tenía algo distinto en su cabeza que lo alentaba día a día a seguir con su idea. No había forma que su motivación decaiga. Sabía muy bien cómo debería ser la torre para que el segmento de alta gama la haga propia. Estaba ciegamente convencido de lo que quería.
            Hizo una lista de las personas que tenían capacidad económica y contactos para encarar algo de esta trascendencia. Analizó la lista y la achicó. Al tiempo, volvió a analizar la lista y la siguió achicando. Así sucesivamente, hasta que quedó una sola persona, Juan, que según él, podía ser el indicado para emprender este proyecto.
            Pensó. Trazó un plan. Comenzó a desarrollar un trabajo de inteligencia, digno de un espía que aparece en cualquier película de Netflix. Investigó todos los movimientos de Juan, lo que le gustaba, lo que no le gustaba. Donde comía. Donde vacacionaba. Todo, absolutamente todo, desde lo simple a lo complejo.
            A partir de la información obtenida, procedió a estudiar patrones de conducta. Era la única manera de acercarse ya que no lo conocía, no tenían amigos en común y no existía ninguna posibilidad de encontrarse.
            Después de mucho tiempo detectó pautas que se repetían. Una de ellas era la reiteración de viajar algunos fines de semana a Punta del Este. Lo hacía siempre con la misma línea aérea. Sabiendo esto, Omar, consiguió vincularse con la persona que le vendía el pasaje a Juan, y a través de distintos artilugios, logró que cada vez que el empresario compraba un pasaje, el asiento de al lado se lo reserve a Omar. De esta manera, durante numerosos fines de semana comenzaron a coincidir en el avión, sentados, uno al lado del otro.
            Desde ese momento, nació el vínculo entre los dos. Omar tenía tanta información sobre los gustos de Juan, que hizo que la relación avance como si fuese por una autopista. Comenzaron a compartir los días de descanso en esa ciudad.
            Con la relación ya consolidada, no faltó mucho tiempo para que Omar manifieste la idea de su proyecto. No necesitó explicar demasiado. Con su convencimiento, su despliegue y seducción al describir la idea, Omar logró algo que parecía un imposible. Al poco tiempo arrancó el movimiento de suelo.
            Construyó su propio Miami en Rosario.

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