Nunca te vas a imaginar la manera en que comenzó esta historia, en 1978,
y mucho menos la manera en la que culminó, en 2011.
Cuando el grupo es fuerte, pasan cosas
 

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          La práctica comenzaba a las 11.00 de la mañana. 
          Marcelo llevaba por primera vez a su hijo a la escuelita de rugby. 
          La atención estaba puesta en cómo se integraría al grupo, pero todo cambió, 
          cuando Marcelo vio al entrenador de los chicos.
          Su mente, en un giro inesperado, le abrió una puerta de su pasado, 
          y le mostró un retrato de él, un Marcelo adolescente. 
          Las imágenes le golpearon la cabeza, aparecían una, tras otra, desordenadas, 
          apuradas por mostrarle instantáneas de cómo era su vida treinta años atrás.

          Le costó, pero logró calmar sus pensamientos impactados por los recuerdos 
          y volvió a mirar al entrenador. ¿Será el Bocha?, se preguntó.
          El Bocha, se encontraba en el centro del campo de juego,
          en una mano sostenía una pelota de rugby y en la otra un silbato, con el que daba indicaciones.
          Los cuerpos de ambos habían cambiado. 
          El paso del tiempo construyó fisonomías diferentes a las que tenían en 1978, 
          pero los gestos, la mirada, estaba seguro de que era el Bocha.
          La sonrisa ya no se iría de su rostro.

          El Bocha lo vio, al principio dudó, pero los dos se reconocieron cuando coincidieron sus miradas. 
          El abrazo sentido cortó la distancia de 30 años. 
          La familia del Bocha, era la dueña de la empresa de transporte que trasladaba a los alumnos de Rosario 
          que estudiaban en el Liceo Militar de Santa Fe, ubicado en Recreo.
          El encuentro fue inmediato. 
          La conversación giró sobre los viajes que hacían los cadetes en el transporte 
          y las anécdotas aparecieron. Hubo una que sobresalió porque se repetía casi todos los domingos.
          ¿En serio, el Gordo hacía eso? 
          ¿Los dos asientos?, nunca me enteré, dijo el Bocha, luego de escuchar el relato de Marcelo.

          El domingo, al caer la tarde, los cadetes de Rosario esperaban el transporte en distintas paradas 
          de la ciudad. 
          La última era en la Plaza Alberdi, donde subía Marcelo.
          El micro a esa altura de trayecto estaba repleto de alumnos. 
          El único asiento libre quedaba en el fondo. 
          Pero Marcelo, cada vez que se dirigía allí, encontraba despatarrado al Gordo Guillermo, 
          el volumen de su cuerpo era enorme para los jóvenes de su edad. 
          No entraba en un solo asiento, ocupaba dos.
          —Dejame el asiento—, el Gordo Guillermo, le decía a Marcelo,  casi en forma de orden más que de pedido.
          Esto obligaba a Marcelo a sentarse en el piso del pasillo hasta llegar a Recreo. 
          La situación nunca generó malestar entre ellos. 
          Según Marcelo esto le ayudó a forjar el espíritu, aunque sus compañeros que eran testigos de esa situación, 
          sumadas a otras que ellos mismos padecían por culpa del volumen del Gordo, no le creían.
          Marcelo le explicó al Bocha que cada vez que se reunían los egresados del Liceo,  
            hacían referencia a esta anécdota. 
          Todos, algunos más, otros menos, lo habían sufrido al Gordo que no sabía cómo manejar su cuerpo.
          Tenemos que encontrar la forma de cerrar esta historia. 
          Le voy a escribir una carta para que la leas y después le dan un regalo, concluyó enigmático el Bocha.
          Nos juntamos dentro de dos viernes, le dijo Marcelo.
          Listo.  Se abrazaron y se despidieron.

          Llegó el viernes. En un momento de la reunión, Marcelo se levantó de la mesa. 
          Explicó que leería una carta dirigida al Gordo, escrita por el Bocha, 
           en carácter de ex titular de la empresa de transporte que los llevaba y traía al Liceo de Santa Fe.
          El texto hacía explícita referencia al abuso que el Gordo hizo de su enorme cuerpo,  
           durante al menos tres años, apropiándose de dos asientos contiguos, 
           impidiendo que Marcelo pueda utilizar el que le correspondía.
          A medida que la carta avanzaba, los ex cadetes, agregaban detalles a las historias vividas con el Gordo. 
          Al finalizar, Marcelo pasó a la segunda parte de esa especie de homenaje.

          Gordo, cerrá los ojos, que viene lo mejor. 
          Vamos a culminar esta historia de más de 30 años, anunció Marcelo.
         -Aflojen, no jodan—, pedía el Gordo.
          -Ya podés abrir los ojos—, le dijo Marcelo, luego de unos segundos.
          Delante de él aparecieron, prolijamente envueltos,  
            los dos asientos del micro donde el Gordo se desparramaba los domingos.
           La emoción envolvió el ambiente.
           -Gordo, ahora te podés recostar tranquilo—, le gritaron.
           Nadie sabe como hizo para llevar a su casa, los asientos. 
           Desde esa reunión, ocurrida en 2011, las dos butacas del colectivo están presentes en el escritorio del Gordo.
           Cuando las mira, ve los rostros de cada uno de los cadetes. 
           Ese grupo de amigos, que aun los sigue convocando a compartir y recordar momentos imborrables.
 
 

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