Te vas a pasar la tarde al río y te agarra una tormenta infernal que arrancó a las 2 de la tarde 
y terminó a la media noche.  ¿Lo viviste alguna vez?
 
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          Ese jueves por la noche, el bar Barcelona estaba lleno de gente. 
          En la mesa de siempre, el Zorro le daba detalles al Enano sobre la embarcación que se había comprado. 
          Un pequeño crucero llamado Dexter.
          Organizaron para salir a navegar al día siguiente.
          El viernes amaneció con un sol espléndido y con una temperatura que comenzaba a aumentar,  
          como era habitual en el mes de enero. Se acopló Carlos al grupo, un amigo del Zorro.
          Prepararon la embarcación y salieron navegando despacio, por el río Paraná.  
          El plan era cruzar en línea recta hacia el Embudo.
          El reloj marcaba las 13.10 cuando llegaron. Fondearon alejados de la costa.
          El Enano, mientras preparaba la mesa para almorzar, se sobresaltó. 
          La proa del Dexter apuntaba al Norte, con un cielo prístino, sin ninguna nube. 
          La popa, donde estaba él, al Sur.
          Desde allí, observó asombrado el horizonte. El color del cielo no era celeste. 
          La mezcla del sol con una masa de nube negra que lo envolvía todo, iba transformando el skyline de Rosario.
          Lo cubría con un color plata brillante.
          Extraordinario.
          Parecía que los edificios de la costa se movían, expulsados en dirección al río.
          Las fachadas resplandecían del brillo y generaban una sensación de desplazamiento hacia el agua.
          El Enano se asustó.    -Miren para el Sur— gritó.
          El Zorro, con cierta parsimonia, giró su cabeza; no se quería distraer. 
          -Ah, sí, sí. No es nada. Seguro se viene una tormenta de verano, pasajera— comentó, 
          sin dejar de realizar la maniobra para asegurar que el Dexter quede bien fondeado.
          El Enano, intranquilo, sirvió la comida.
          Cerró la embarcación con las lonas transparentes, previniendo una posible lluvia.
          De repente, todo cambió. Se sobresaltaron.
          El Dexter comenzó a moverse violentamente. El temporal se desató sin aviso.
          La intensidad del viento y la cantidad de agua que caía impedían cualquier tipo de maniobra.
          Se hizo de noche. El reloj solo había avanzado una hora. Marcaba las 14.30.
          No se divisaba la costa, ni los árboles, ni el resto de las embarcaciones que estaban fondeadas cerca. 
          No se veía nada.
          El viento soplaba con una violencia exagerada. No era una simple tormenta de verano. 
          El sol desapareció, el calor también.
          La temperatura bajó abruptamente y el agua golpeaba al Dexter desde todos lados.
          El Zorro empezó a inquietarse.  Estaban al garete. El ancla se había soltado. 
          Quedaron a la deriva, a merced del viento, sin rumbo. No existía ninguna referencia.
          Las olas alcanzaban dos metros de altura.
          El Zorro puso en marcha el Dexter para ubicarlo de proa al vendaval y así intentar soltar el ancla. 
          Pero el motor no respondió. La violencia del viento y del agua era tremenda.
          Era una pelea desigual entre el Dexter y la naturaleza.
          El Enano repartió los salvavidas. Se prepararon para lo peor.
          Si no encontraban la manera de fondear o amarrar en algún muelle cercano a la costa, 
          corrían el riesgo de que el Dexter sufra una vuelta de campana y se hunda.
          Ante esta situación extrema, la única opción posible era saltar al agua y evitar ahogarse.
          Nadie hablaba. Los tres temían lo peor.
          El golpe se sintió leve, a babor.
          El Zorro, con la poca visión que existía, se dio cuenta y se abalanzó al muelle salvador con un cabo. 
          Amarró la embarcación. El Enano y Carlos la aseguraron.
          La gran cantidad de camalotes, que el viento amontonó en el muelle,  
          amortiguó el golpe provocado por las enormes olas que empujaban la embarcación.
          Luego de varios minutos de maniobras, lograron poner la proa del Dexter frente a las olas. 
          Evitaron lo peor. Ahora sí. Estaban a salvo.
          La tormenta terminó pasada la medianoche.
          Cuando todo se calmó se aseguraron que el Dexter no haya sufrido daños.
          El choque fortuito con el muelle los salvó de estrellarse contra un grupo de troncos, 
           que terminaron en mala posición por el temporal.      
           El Dexter se hubiese hundido.
          El resto de las embarcaciones que quedaron en el Embudo comenzaron a agruparse.
         Lanchas, veleros y barcos emprendieron una caravana de regreso silenciosa para cruzar el río.
         Llegaron a la guardería náutica a la 1.00 de la madrugada.
         A la mañana siguiente, los medios de comunicación informaban sobre el paso de un tornado 
         en la ciudad de Rosario  que afectó el área de la costa y parte de las islas, 
         con vientos de más de 100 kilómetros por hora.
         Una tormenta que comenzó a las 14.00 y dejó como saldo 20 embarcaciones hundidas en el río Paraná.
         Fue una pelea desigual. El Dexter nunca la podría haber ganado.
 

 

  

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